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Por: Caroline Moye, “Life Coach”

Vivimos en una sociedad en la que los resultados, la acción, ir rápido, incrementar y ser más productivo está sobre valorizado, incluso en el ámbito del desarrollo personal. En este último caso, tenemos que proponernos metas, ser saludables, hacer ejercicio, buscar la felicidad y el éxito. En otras palabras, es el reino de las energías masculinas.

Hemos olvidado el arte del ser, de cultivar la presencia, la receptividad y la contemplación. Sin embargo, desde hace algunos años podemos ver que eso está cambiando; estamos recuperando el tesoro de vivir desde la esencia femenina y encontrar una danza en la que los dos polos se pueden unir nuevamente.

Cuando miramos los mitos antiguos podemos vislumbrar lo que ocurrió. Antiguamente, en la era de Tauro, reinaba el culto de la gran diosa, la gran Madre Tierra, símbolo de fertilidad y creatividad. Era ella la que sostenía y proveía para los hombres. Sus cultos estaban basados en los ciclos lunares, respetando los días sagrados del año. Existía una comunión con la naturaleza y los elementos. Sin embargo, cuando entramos en la era de Aries, eso empezó a cambiar. Pasamos a un dios personalizado en la figura del padre y se inició una lucha contra los cultos paganos de la Gran Diosa. Las Mujeres que cultivaban una conexión especial con el invisible a través del arte de los oráculos y del poder sanador de las plantas fueron diabolizadas, se volvieron brujas. El conocimiento sagrado de esas mujeres antiguas se transmitió en la oscuridad, en rincones escondidos.

Al día de hoy, estamos viendo una luna nueva de la energía femenina. Cada vez son más las lecturas, las actividades y los talleres que tratan el tema de del femenino sagrado. Con este término me refiero a la esencia y al espíritu femenino, entre ellas sus cualidades de presencia y del ser, las cuales se tienen que honrar, celebrar y valorar. Esa energía no pretende ser más que la energía masculina, pero si está llamando a tener un lugar sagrado y respetado en todos los ámbitos de la sociedad.

Vale resaltar que esa sanación y esa búsqueda del tesoro empieza en nosotros mismos. No obstante, tanto hombres y mujeres hemos desechado esas características femeninas al juzgarlas y denegarlas. Un ejemplo fuerte de eso es el ciclo menstrual. Los primeros calendarios lunares los podemos encontrar en el paleolítico superior en Dordoña, Francia. Allí se ve la conexión del ciclo lunar y del ciclo menstrual. Se decía que la ovulación tenía lugar en la Luna Llena y la menstruación en la fase oscura de la luna, pocos días antes de la Luna Nueva. Durante esa fase oscura, las mujeres se reunían en grupos y estaban libres de sus tareas domésticas. Los ancianos sabían que en ese momento ellas tenían sus conexiones psíquicas abiertas, estaban abiertas y podían recibir un conocimiento muy importante para la comunidad.

Cuanta ahora en el momento de sus menstruaciones lo único que buscan es tener lo menos molestias posibles para seguir funcionando igual. Las irritaciones que uno siente no sería más bien que la aspiración profunda del alma en ese momento es retirarse del mundo, entrar en un espacio sagrado de conexión e intimidad con una misma, libre de las responsabilidades exteriores. ¿Cómo sería nuestro mundo si en esos días sagrados se les diera a las mujeres este espacio para conectarse con la energía femenina?

La conexión con la energía femenina empieza en uno mismo. Quizá y muy probablemente, el mundo no nos va a dar ese espacio, pero nosotras nos lo podemos autorizar al sensibilizar nuestro entorno.

La energía femenina pide primero ser valorizada en una misma. La tristeza, la rabia y la nostalgia que a veces nos invaden tienen una función. Y no se trata de una función que nos juzga con nuestra parte masculina, sino la función que nos viene a recordar que adentro de nosotras tenemos una puerta que podemos abrir para conectarnos a los misterios del invisible, a una intuición profunda que muchas veces nos da una información mucho más valiosa que nuestra mente racional.

Lamentablemente, en el inconsciente colectivo llevamos también el miedo de poder estar tan femeninas, poderosas y magnéticas. En muchos mitos, las diosas muy bellas conectadas con sus dones psíquicos y sexuales fueron castigadas, marginalizadas y ensuciadas. Lilith, que en Sumeria era la guardiana y la sacerdotisa de los misterios femeninos, fue condenada al exilio por el dios Gilgamesh. Asimismo, Medusa, que antiguamente era una mujer muy bella y poderosa, se
volvió un monstruo al que le cortan la cabeza.

Hoy, no creo que sea tanto cuestión de vergüenza de lo femenino sobre lo masculino, sino más bien el retorno de ese femenino sagrado en cada una de nosotras para aprender a vivir y co-crear con el masculino de manera diferente.

No existe una sola forma de vivir esa esencia femenina, dado que existen muchos arquetipos femeninos. Algunos de ellos son:
– La Sacerdotisa (Vesta), guardiana de los misterios ocultos, que se conecta con sus fuerzas psíquicas para sanar, para ser un oráculo, que necesita mucho tiempo a solas y mucha introversión.
– La Amazona (Diana), que nos impulsa a elegir nuestra independencia y a seguir nuestros ideales.
– La Madre ( Ceres o Deméter), que sostiene, provee, guarda los misterios de la muerte y del nacimiento, es un receptáculo que puede contener todo y en el seno de su cálice transforma todo.
– La Esposa (Juno o Hera), que trabaja a la unión sagrada con el masculino.
– La Guerra de Sabiduría (Pallas Atena), que usa su inteligencia creativa para dar luz a ideas, proyectos que siempre luchan con las palabras para defender la verdad.
– La Bruja (Hécate), que nos acompaña a pasar del otro lado, a no temerle al último viaje.

Lo que todos estos arquetipos tienen en común es la valoración de una energía sutil, receptiva, creativa y fecunda, que parece no actuar y no decidir, pero que si se le da el valor que merece puede estar poderosa en nuestra vida. Cuando conectamos con ella sentimos como si volviéramos a casa. Vemos cómo caen muchas de esas máscaras que nos hemos puesto para funcionar en el mundo de acuerdo a lo que nos exigía. Podemos también entender que hay un momento para cada uno –ser Madre no impide ser Sacerdotisa, ser Amazona tampoco impide ser Esposa.

Al hacer esto, logramos abrir un espacio en nosotras para que la lucha interna se calme. Podemos regresar a nuestro centro, volvemos a ser las guardianas de nuestra propia energía, podemos valorar nuestras necesidades y escuchar esa voz adentro de nosotras que quizá esté gritando que necesita atención. Descubrimos una fuerza inmensa y un tesoro. También nos abrimos a otras mujeres madres, hermanas, abuelas y amigas, lo que nos ayuda a tomar consciencia que rodearnos de otras mujeres en ese mismo camino de aceptación y valoración de su fuerza femenina es muy enriquecedor.

Siempre recordaré mi encuentro con una mujer ya fallecida que me abrió sus puertas en una casa en Ibiza para meditar. Yo, que estaba acostumbrada a la meditación Zen, en la que la postura, el tiempo y la respiración son muy estrictas, me sorprendí al ver su forma de meditar. Me ofreció un té y cojines cómodos. Había un mándala hermoso de flores, velas y objetos sagrados. Me senté en un círculo con otras mujeres y meditamos para el mundo, para el sol y la luna, con el único requisito de estar sin máscaras y conectadas al corazón.

Allí fue cuando aprendí que es desde ese lugar de amor incondicional, que la energía femenina era la más potente. Un corazón que no tiene miedo de mostrarse desnudo, de quitar las expectativas de criterios de belleza, de buena madre, esposa, amiga, ama de casa, para ver el tesoro que reside en su ser, es un regalo que no solamente nos conecta a nosotras mismas y a nuestras hermanas, pero a todos los seres que tienen vida en ese planeta y en el mas allá.
Así que solo es de empezar y volver a formar círculos… solo eso puede ayudarnos a nosotras mismas y al mundo.

La energía femenina, un tesoro olvidado

Saludybelleza

Irene Buonafina

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